lunes, 17 de julio de 2017

Todos somos diferencia

Ciertos progres, que anhelan sentirse radicales y revolucionarios quemando las bibliotecas y dinamitando los museos, son hijos y nietos de los regímenes liberales y socialistas que en el siglo XX implementaron la educación masiva, popular, gratuita y científica. Su postura es la de una ridícula exquisitez que, animada por puro voluntarismo, ahora reivindica un supuesto «Buen Salvaje» no occidental, tan idílico y rousseauniano como sólo puede pueden inventarlo ciertos sectores universitarios privilegiados. El Otro es un constructo; pensar que Yo soy el Otro es una utopía y —aun peor— un fraude, pues anula la diferencia… y todos somos diferencia. Para estos progres el Otro es un mero disfraz.

Así ha funcionado en México cierta izquierda:

«Al decir del psicoanalista Raúl Páramo, es común que la gente con una vida acomodada que se involucra en movimientos populares realice acciones kamikaze con el propósito (inconsciente, por supuesto) de que se le reprima. Una vez que han sufrido cárcel o han sido vapuleados por la policía, se liberan de la culpa que sienten por tenerlo todo en un mundo donde muchos (empezando por la mayoría de sus compañeros de lucha) no tienen casi nada. […] Algunos de los ultras más desbocados del CGH eran muchachos 'fresas' hasta unos meses antes de la huelga y súbitamente se volvieron los más radicales entre los radicales.» (Ismael Hernández Lujano, 'El estudiantado sin cabeza: Mitos y realidades de la huelga del CGH [UNAM 1999-2000]', pág. 69, nota 40.)

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