lunes, 19 de julio de 2010

¿Para qué sirve hacer una exposición?

Una exposición puede tener al menos tres propósitos. Huelga aclarar que muy difícilmente una sola exposición satisfará las tres intenciones:

1.- Obtener retroalimentación. Es una meta frecuente del acto de exponer: darse a conocer, oír los comentarios del público, recibir críticas, aprender de las opiniones de la gente. Es un proceso comunicativo que sirve para que uno como artista crezca, y que también puede enriquecer humanamente al público. Desde luego que la retroalimentación es tanto más amplia cuanto más visitada sea la muestra.

2.- Recibir elogios. No es nada excepcional la intención de exponer para engordar el currículo, hacer crecer el prestigio, codearse con otros expositores más famosos que uno o ser partícipe de la buena reputación del museo o galería en cuestión.

3.- Vender. Un tercer objetivo, perfectamente legítimo, es ganar dinero con una exposición. Pero ojo: exponer no sirve para vender nada si uno no se apoya en otros factores:

3.1. Construir desde mucho antes un grupo de clientes, aunque sólo sean potenciales. Es preciso trabajar de tiempo completo en la promoción. Por ejemplo, visitar a diferentes clientes cuando menos una vez cada semana, y siempre establecer contacto personal con ellos. Es obvio, pero frecuentemente olvidado, que los clientes puedan pagar; vender obras caras a clientes pobres es estúpido.

3.2. Creer firmemente que el proyecto tiene futuro, y que uno no debe dispersarse ni desmoralizarse. No hacer dos cosas al mismo tiempo, sino dedicar toda la atención a un solo proyecto. Si le dedicas las migajas de tu tiempo a la exposición, no esperes ventas maravillosas.

3.3. Tener muy claro el concepto de la exposición, para poder explicarlo a quienes nos puedan apoyar (ver siguiente punto).

3.4. Conseguir patrocinios. Muchas empresas pueden financiar el arte, por ejemplo bajo el pretexto de deducir impuestos.

3.5. Hacer una divulgación previa muy amplia. Hacer la invitación más de mes y medio antes de inaugurar la muestra. Contactar los medios de difusión masiva: periódicos, radio, revistas… Algunas revistas cierran su edición con dos o tres meses de antelación.

3.6. Trabajar por objetivos de dinero/tiempo. Una exposición es una inversión cara, y si como mínimo no se recupera lo invertido (en capital o como retribución al tiempo dedicado), esa exposición será un fracaso. Es absurdo decir acerca de un proyecto: «de aquí a un año no vamos a ganar nada»; quien dice eso actúa como dedicándose a un hobby, no vive ni quiere vivir del arte, ni tampoco distingue la diferencia entre ingresos y ganancias. (Puede ingresar mucho o poco dinero, pero representará una pérdida si es menos que la inversión.)

3.7. ¡Puntualidad! Perder tiempo y robar el tiempo ajeno son síntomas de desorganización, informalidad, irresponsabilidad y carencia de previsión. Es una falta de respeto. Hacer todo por impulso, a las prisas y sin preparación es una vía directa al fracaso.

3.8. Reconocer que la pura «imagen» es fútil si lo anterior no se cumple. Poner flores, programar música, colgar moños, tener edecanes, contratar un valet parking son gastos extra que sí ayudarán, pero únicamente en caso de haber realizado la promoción inicial. Si no existe ésta, tales gastos son un desperdicio.

3.9. Como resumen del punto 3: las exposiciones-venta no sirven para nada si no hay un trabajo previo de promoción, largo, lento, paciente y persistente. La muestra sólo sirve para cerrar la venta, no para comenzar la publicidad. Promoviendo bien una exposición se evitan pérdidas y se posibilitan las ganancias. Promover es sembrar, exponer es cosechar. Si uno quisiera —por ejemplo— exponer en noviembre de 2010, la promoción debería estar a todo vapor desde fines de julio.

En fin: personalmente me interesa hacer exposiciones que cumplan al menos uno de los tres puntos. Si no hay una amplia visita de gente que dé su opinión; si no me prestigia; o si no vendo, no me interesa. ¡Qué difícil!









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domingo, 27 de junio de 2010

Semblanza del grupo COCOA A.C.

COCOA A.C.
Conjunto de Colectivos Autónomos de Arte Contemporáneo.

DE DÓNDE VENIMOS
Somos un grupo de gente de varias edades, mayormente entre los 17 y 40 años, y que vivimos en la ciudad de México o que por lo menos solemos rondarla.

Los orígenes de COCOA A.C. provienen de dos sedes fundamentales: la Central del Pueblo y el Faro de Oriente, que son proyectos culturales independientes y nada oficiales de zonas populares del DF y sus alrededores. Tanto en el Faro como en la Central ha habido —y hay— sendos talleres de arte contemporáneo impartidos por Taniel Morales, que es un artista mexicano muy talentoso, muy entrañable persona y que cuenta muy buenos chistes. Taniel ha catalizado la conjunción de colectivos como Laguna Mental y La Bola, formados por sus alumnos entre 2008 y 2009.

A principios del año 2010 nos fuimos juntando en varios grupos de membresía flexible y oscilante, alrededor del proyecto Selección Artificial, una pieza-acción planeada para presentarse en el MuAC (Museo Universitario Arte Contemporáneo de la UNAM). Los diferentes núcleos de personas que hemos participado en esa pieza adquirimos el nombre grupal de COCOA A.C. No tenemos una lista fija de integrantes ni aplicamos exámenes de admisión ni expedimos credenciales: por principio somos un conjunto abierto. Dentro de COCOA A.C. siempre seguimos encontrando gente nueva.

Nuestra «presentación en sociedad» ocurrió el domingo 6 de junio de 2010, cuando celebramos Selección Artificial.

A QUÉ LE TIRAMOS CUANDO SOÑAMOS
Como todos hemos pasado por los talleres de Taniel Morales, tenemos en común el interés por el llamado «arte contemporáneo». Para definirlo con un chorote, digamos que este tipo de arte es plural, muchas veces contradictorio y abierto a múltiples significados no preestablecidos. Las obras contemporáneas caminan solas más allá de la persona del artista, suelen ser de autoría colectiva, subrayan el proceso de su elaboración y no un resultado rígido, y frecuentemente necesitan la interacción del espectador-participante. No se encierran en disciplinas establecidas, sino que son un terreno de cruce para todas las prácticas y teorías que hagan falta.

Pero rollos aparte, el hecho es que en COCOA A.C. somos muchos y, por ende, pensamos muchas cosas muy diferentes entre sí. Por eso nos interesa dialogar todo el tiempo, intercambiar ideas, buscar las coincidencias pero también las fisuras que nos hacen un grupo muy variopinto.

En general este diálogo nos lleva a considerar que la educación es de lo más importante. Todos en COCOA A.C. hemos sido o somos estudiantes, y continuamos investigando sobre nuestros intereses por nuestra cuenta, de manera a veces nada institucional ni oficial. Nuestra educación es autodidacta, y eso lo hemos aprendido fuera de los salones de clase. Buscamos vivir nuevas experiencias y hacer novedosos experimentos. Como Joseph Beuys, sabemos que «cada persona es un artista» (siempre y cuando lo quiera).

PÁSENLE A LA CHOCOAVENTURA
Si los estridentistas hace unos 90 años encomiaban el mole de guajolote, nosotros celebraremos que provenimos de la tierra del cacao, e invitaremos a todos a beber su cocoa caliente: exhortaremos como el chachachá: «Toma chocolate, paga lo que debes»; y exclamaremos, como Cachirulo: «¡Tómese su chocolatote!»

Pásenle a lo barrido, están invitados.
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domingo, 13 de junio de 2010

Addendum

Un par de nuevos ejemplos de artistas que no producen:

● Diego Velázquez pintó relativamente poco debido a que apreciaba más sus copiosas labores administrativas que la pintura. En la corte de Felipe IV fue sucesivamente ujier de cámara, alguacil de casa y corte, ayuda de guardarropa, ayuda de cámara, superintendente de obras particulares del Alcázar Real y aposentador de Palacio.

● Dice Emil Ludwig que «se advierte en la creación de Beethoven con toda claridad una singular laguna, de forma tal que ninguna otra semejante puede advertirse en toda la historia del arte. Su otoño está vacío. Después de los ocho años ubérrimos que se cierran con el cuarenta y uno de su edad y a cuyo final había creado una media docena de obras maestras se produce una gran pausa de unos ocho años en los que no hace casi nada. En todo ese lapso, y fuera de algunas obras marginales, sólo escribió una gran sonata [la Hammerklavier].» (Beethoven, IV, 1.) Esta sequía creativa podría explicarse por una persecución compulsiva de dinero y gloria, y además por profundos conflictos con su sobrino Karl.





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martes, 8 de junio de 2010

El tío Celerino (o por qué algunos artistas no hacen obras de arte)

[Por ningún lado hallé el crédito de esta foto. Perdón a su autor.]


Hay pintores que no pintan y escritores que no escriben. ¿Qué arrincona a un creador para que deje de crear? ¿Cómo explicar la sequía artística o intelectual de alguien que sí había sido capaz de producir obras, quizá incluso en abundancia? Éste es el tema de Bartleby y compañía, un libro del escritor español Enrique Vila-Matas, quien dice:

«… hace tiempo que estudio la enfermedad, el mal endémico de las letras contemporáneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizá precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre.» Vila-Matas se refiere a «esa gente paralizada ante las dimensiones absolutas que conlleva toda creación». (Todas las citas que en lo sucesivo yo no atribuya a ninguna fuente provienen de Bartleby y compañía.)

Ejemplos hay en abundancia, junto con explicaciones seguras o posibles. La mayoría de los que siguen los extraje del libro de Vila-Matas:

● Arthur Rimbaud «tras publicar su segundo libro, a los diecinueve años, lo abandonó todo y se dedicó a la aventura, hasta su muerte, dos décadas después.»

● Juan Rulfo, cuando le preguntaban por qué ya no escribía, daba a veces esta respuesta: «Es que se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias.»

● Marcel Duchamp respondió al artista Naum Gabo, que le había inquirido por la razón de su renuncia a pintar: «¿Qué quiere?, ya no tengo ideas.» Duchamp decidió no repetirse en el arte y se dedicó a jugar ajedrez semiprofesionalmente. (Nunca se separó completamente del arte, pero sólo haría una obra más de gran aliento. Las demás obras que hizo fueron marginales, ocasionales y de circunstancias.)

● Isaac Newton podía ser tan paranoico que quería evitar a toda costa que le plagiasen las ideas. La mejor solución que halló fue no publicar todos sus descubrimientos, al menos por varios años.

● J. D. Salinger dejó de publicar desde 1963 hasta su muerte, 47 años después.

● Sobre Wittgenstein dice Vila-Matas: «el suyo es un compendio de textos inconclusos, de bocetos y de planes de libros que nunca publicó.»

● Acerca de la escritora española Carmen Laforet (1921-2004), escribe su colega y compatriota Rosa Montero: «La mayor tragedia de esta vida trágica es, sin lugar a dudas, la creciente incapacidad de la pobre Laforet para escribir y el sufrimiento que eso le provocaba. [...] yo pienso [...] que Laforet, consciente de su enorme talento, poseía una ambición soberbia y colosal, y que lo malo fue que carecía de la suficiente fuerza psíquica con la que sostenerla. [...] Esa ambición desaforada fue como un faro a la inversa, una luz cegadora que la condujo a las rocas del naufragio. Cuánto anhelo de gloria y cuánto miedo.» («El miedo y la gloria», en Babelia, suplemento del diario madrileño El País, 29 de mayo de 2010.)

● El poeta Pedro Garfias pasaba sin escribir un tiempo interminable. Decía estar buscando un adjetivo.

● Al querer explicar el silencio del poeta Enrique Banchs, Jorge Luis Borges aventuró una hipótesis: «Tal vez su propia destreza le hace desdeñar la literatura como un juego demasiado fácil.» (Banchs acabó acumulando 57 años de no escribir.)

● Felisberto Hernández sí escribía, pero dejaba inconclusos sus cuentos, «como indicando que en esta vida falta algo».

● Leonardo da Vinci dejó un enorme porcentaje de obras sin acabar, por su tendencia a dispersarse en múltiples intereses.

● Por una vez hubo un caso feliz: Rossini se retiró de la música para vivir como un sibarita.

Este mal del No lo han padecido también personajes de la ficción, sin duda reflejos de los miedos de sus autores:

«En La obra de arte desconocida, Balzac nos habla de un pintor que no alcanza a dar forma más que a un trozo de pie de una mujer soñada.»

«Francesco, un personaje de Los elixires del diablo, de Hoffmann, no llega nunca a pintar una Venus que imagina perfecta.»

En su Carta de Lord Chandos, Hofmannstahl hace a su personaje renunciar a escribir «porque dice que ha perdido del todo la facultad de pensar o de hablar coherentemente de cualquier cosa».

«Monsieur Teste, el alter ego de Valéry, no sólo ha renunciado a escribir, sino que ha arrojado su biblioteca por la ventana.»

En el cuento «Leopoldo (sus trabajos)», Augusto Monterroso retrata a un personaje que aspira a ser un gran escritor, pero que siempre pospone concluir sus narraciones.

¿Cómo explicar tantos silencios de tantos creadores? En su libro maravilloso Fearless Creating, el psicólogo estadounidense Eric Maisel sintetiza los muchos años que ha dedicado a examinar los bloqueos de la creatividad. Algunas causas de la parálisis y la frustración son:

Perfeccionismo (anhelos desproporcionados).
Demasiada intelectualización.
Obediencia indiscriminada a las reglas.
Autocensura.
Dispersión.
Confusión.
Crítica negativa.
Derrotismo.
Falta de compromiso.
Depresión.
Y sobre todo y en el fondo: MIEDO.

Ante el miedo, hay que convencerse de algo fundamental: es mejor hacer las cosas mal que no hacer nada.

Ahora bien, siguiendo casi siempre a Enrique Vila-Matas, he mencionado a creadores bastante conocidos, algunos incluso célebres. Pero ¿y si el creador es un desconocido? Afirma Vila-Matas que «el caso de los fracasados, si lo pensamos bien, no tiene mayor interés, es demasiado obvio, no hay ningún mérito en ser un escritor del No porque has fracasado.»

Coincido. Si un creador cae en el silencio, debió ganarse ese derecho.

¿Y si no se lo ha ganado para nada? Pues debería revisar seriamente si en realidad es un creador auténtico. Y saber que no tiene nada de malo dejar de producir obras creativas. Es mejor aceptar cualquier otra vocación que sí sea la verdadera, admitir que no es una obligación ser creadores. Peor sería volverse un pintor que no pinta, y frustrarse por eso: sería darse topes sin sentido contra un muro imaginario.

Total que lo importante es vivir la vida. Pero si no escribes, no te hagas llamar escritor.






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martes, 25 de mayo de 2010

El arte contemporáneo como «Club de Tobi»

(Desarrollo aquí con mis palabras otro tema planteado por Taniel Morales en su clase. Las alusiones airadas y la lista de nombres son de mi propia cosecha, no de Taniel.)
Hay cierta vertiente del arte contemporáneo que se convierte en un hecho social, pero no por incidir en la convivencia de extensos grupos abiertos, sino porque hacen de las inauguraciones y las soirées actos de una cofradía exclusiva. Éste es el arte como «Club de Tobi».

El arte, cierto arte, no ha dejado de estar aliado al poder. Desde la Antigüedad hasta hoy, pertenecer a una elite política y económica implica también la asunción de códigos sociales altamente determinados, entre cuyos signos más ostensibles se encuentra el arte.

Dentro de esa elite, las generaciones nacidas desde —más o menos— 1960 promueven e imponen un código en el que el arte contemporáneo, ya no el moderno, ocupa un lugar central.

Dado que las obras contemporáneas son abiertas y no se anquilosan en resultados estancados, se supone entonces falazmente que la libertad puede ser indiscriminada y que «todo vale». Existe un abuso del carácter libre del arte contemporáneo. La flexibilidad, las mutaciones y la adisciplinariedad (que no indisciplina) del mejor arte contemporáneo son rasgos parasitados por los adeptos del facilismo y la pereza mental.

Por ello es cómodo, para alguien con influencia económica o política, asumir esa falta de rigor y entrar al círculo de gente que también influye en el arte. «¡Quiero ser artista o curador!», puede exclamar cualquier individuo con dinero e influencias. Al día siguiente, ya está exponiendo en Berlín o Ámsterdam.

Lo más grave es que esos individuos no actúan solos. Juntos construyen una red de poder que acaba imponiéndose. Hoy esa red es internacional. Sus rasgos son:

- Seguir las modas aceptadas por las galerías ricas de Estados Unidos y Europa occidental.
- Promover un arte que se basa sólo en los valores del entretenimiento: frivolidad, banalidad y efectismo.
- Actuar con diletantismo y cinismo respecto a la calidad o falta de ella en sus obras.
- Manejar una jerga cool (sea lo que signifique esa palabreja).
- Aparecer en las secciones de sociales y revistas rosas para la clase media aspiracional, pero con ínfulas cultas.
- Ser parte de un reducido grupo de gente bonita, o en su defecto sus adherentes. Como en la aristocracia europea, siempre aparecen los mismos apellidos en el arte mexicano y en el jet set.
- Usar las instituciones públicas para otorgar premios y becas a los propios amigos. Es decir, practicar el favoritismo y amiguismo.
-Excluir a quienes no son parte de esa red: ejercer una cerrazón de Cancerbero. Penetrar en esa red es dificilísimo, y derruirla es poco menos que imposible, puesto que se ha construido con la misma corrupción y defensa de privilegios que siempre ha perdurado en México.

Estos Exquisitos deciden qué entra y qué queda fuera del gran comercio del arte. Su estatus, alimentado de sí mismo y arraigado en el vacío, es una más de las modas que, por serlo, van y vienen. ¿Hacen arte contemporáneo? Sí, sin duda. ¿Ese arte será valioso en términos humanos dentro de una generación? Me permito dudarlo muchísimo.







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martes, 18 de mayo de 2010

El arte contemporáneo como ciencia de la realidad

Joseph Beuys plantando árboles en Kassel, Alemania, 1982, para su acción 7,000 robles. [¿Crédito de la foto?]


Más apuntes de la clase de Taniel Morales:

El arte contemporáneo en su manifestación más interesante puede ser considerado una «ciencia experimental de la realidad», basándonos en una noción que manejó Joseph Beuys: para él, el arte era un laboratorio de experimentación práctica.

El llamado «arte contemporáneo» se define en buena medida por la crítica y el comentario al arte moderno. De ahí que no pueda ser un artista auténticamente contemporáneo quien no entienda las categorías del arte moderno. El arte contemporáneo puede caracterizarse como el arte de la posmodernidad. El arte contemporáneo, al contrario del moderno, no plantea ninguna vanguardia.

(Eso no significa que el arte contemporáneo sea homogéneo y unánime; muy al contrario. De hecho, en la posmodernidad hay dos vertientes: una reaccionaria y otra progresista. Según los reaccionarios, se han acabado las jerarquías y todo vale. Por su parte, los progresistas asimilan críticamente la modernidad como lo hizo la Escuela de Fráncfort: «no toda la modernidad es mala».)

Algunos rasgos del arte contemporáneo son los siguientes:

POLISEMIA
La ciencia moderna busca la universalidad, la univocidad, la no contradicción. Al contrario, el arte contemporáneo no busca la universalidad del juicio, sino su pluralidad. La contradicción es parte de la vida, y el arte contemporáneo es uno de los lugares donde ella sí es un valor. La obra así entendida puede ser abierta, inconclusa, absurda, contradictoria.
Un filósofo afín a esta actitud es Martin Heidegger, que expidió un acta de defunción de la estética moderna de Kant y Hegel. Estos dos filósofos partían de la Ilustración, de la tecnociencia; su estética siempre añora la racionalidad. Por su parte, Heidegger habla más bien de aquello que es impenetrable por la razón: la «Tierra», la physis, que es impensable.

NO PERSONALISMO
En el arte moderno se da una admiración a la persona del artista genial. Pero en el arte contemporáneo, al contrario, la obra camina sola más allá de la persona del artista. Lo importante no es la autoría, no es lo que el artista declare sobre su propia obra, no un significado preestablecido. La participación y el proceso (frecuentemente colectivo) son cruciales. Lo importante es la interacción de cada espectador-participante con la obra.

ADISCIPLINARIEDAD
El arte contemporáneo no es multidisciplinario sino adisciplinario. No parte de un lenguaje preestablecido cuyos límites tengamos que respetar siempre (ejemplo: la pintura al fresco). Tampoco es la reunión de varias disciplinas separadas que por una vez se combinan (ejemplo: la ópera). El arte contemporáneo es un territorio a la vez infra y ultradeterminado, diferente del arte de los últimos 500 años: es un terreno de cruce y de paso para actividades tan diferentes como la literatura, las ciencias exactas, la filosofía, las ciencias sociales, las matemáticas y hasta la religión. Es todas esas disciplinas y ninguna de ellas. El centro está vacío. Todos estos territorios ocupan el arte y el arte los ocupa a ellos. De manera semejante, la posmodernidad es transeconómica, transexual, transcultural...

PROCESO
El arte contemporáneo no se enfoca en la forma ni en el objeto. Antes bien, se enfoca en la situación, el contexto, todo lo que hay detrás de la existencia del objeto y sus formas. Es un proceso (p. ej. social). La estética ya no es por sí sola un valor contemporáneo.
Para hacer énfasis en el proceso de la obra, puede ser útil un algoritmo. Según la vigésima segunda edición del diccionario de la Real Academia, un algoritmo es un «[c]onjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema», de modo que se pueda estructurar el proceso de una pieza. Es una estrategia para rehuir la forma. Ejemplos:

- Tomar todos los días a la misma hora una foto hacia el norte, sin importar en dónde se encuentre uno
- Tomar todos los días a la misma hora la primera cosa que esté a cinco metros de mí
- Colocar imanes en mis zapatos y ver qué se pega a ellos

Podemos buscar muchas más características del arte contemporáneo; pero por el momento es lo más importante según pienso.




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martes, 11 de mayo de 2010

MÁS APUNTES DE LA CLASE DE TANIEL MORALES

Seguramente el arte no ha sido una práctica homogénea en ninguna época; pero hoy en día es especialmente variado y contradictorio. Hoy pueden distinguirse:

TRES MODOS ACTUALES DEL ARTE
1. EL ARTE MODERNO COMO FORMA
2. EL ARTE CONTEMPORÁNEO COMO CIENCIA DE LA REALIDAD
3. EL ARTE CONTEMPORÁNEO COMO «CLUB DE TOBI»

A continuación se explican estas tres vertientes.


Picasso por Gjon Mili. Vallauris, 1949

EL ARTE MODERNO COMO FORMA
Nuestro actual concepto de «arte» nació en la época moderna, y es válido para las producciones estéticas que dominaron Occidente desde el Renacimiento [y especialmente a partir del Romanticismo] hasta mediados del siglo XX.

Es falso que el arte, en ese sentido, haya existido siempre. Las pinturas rupestres de Altamira, las esculturas de dioses del Egipto antiguo o la Coatlicue son obras estéticas muy poderosas, pero su «uso» (o sea la relación que sus coetáneos mantuvieron con ellas) no se parece en nada a la contemplación kantiana que intentamos sostener frente a un óleo en un museo. [Valga apuntar que estas ideas se remiten a los escritos de Hans Belting —a quien no he leído—, y que en Latinoamérica las difundió ampliamente Juan Acha —a quien sí—.]

La pintura ha existido siempre, pero no por eso es siempre arte. No toda la pintura, ni pasada ni actual, es necesariamente arte por el hecho de ser pintura. (Y no tiene que ser arte para ser buena; muchas obras consideradas «no artísticas» importan más en nuestras vidas que el llamado «arte».)

El arte de la época moderna (el «arte-arte») basó su valoración en la forma estética y en la excelencia técnica. El dominio manual de los materiales era un parámetro de perfección; el mejor artista era quien mejor representara los cuerpos y espacios visibles con un poco de aceite y pigmentos sobre tela o madera. La belleza o sublimidad de las representaciones era, asimismo, crucial; y no mucho después se introdujeron otras categorías como el pintoresquismo o la fealdad. Todo giraba, pues, fundamentalmente en torno a la estética: la apreciación con base en una sensibilidad más o menos espontánea.

Sin embargo, la idea moderna de arte no está exenta de contradicciones. Una de ellas es social: el arte moderno divide a su público de acuerdo con los códigos impuestos. Los entendidos se oponen entonces al vulgo ignorante. Y el experto máximo era el artista supuestamente genial, ahora legitimado. Los códigos ya están socialmente formados, y se nos ofrecen en una especie de menú: «o eres un exquisito o eres del populacho». Se trata del Arte (con mayúscula) como signo de estatus.

Esta situación es fomentada por la noción de progreso, característica de la modernidad. Para el pensamiento moderno, la innovación es un valor en sí mismo. Y la mejor expresión de ese valor se da en la ciencia. Sin duda, el (meta)discurso cientificista acabó dominando las otras actividades humanas. Así, se niega del pensamiento holístico y totalizador anterior a la modernizad: esto es el logocentrismo.

La educación se volvió racionalista y reduccionista. En el siglo XVIII los regímenes del despotismo ilustrado establecieron las academias de arte, siguiendo el modelo de las ciencias exactas: el conocimiento debía estar compartimentado y cuantificado. La Bauhaus pasó por ese modo de pensamiento, como pasan las actuales escuelas de diseño. Y aun hoy —en México— son instituciones como el Ceneval, el Conacyt, la ANUIES, la UNAM y la SEP las que determinan, con criterios cientificistas, cómo evaluar y certificar la educación, incluida la artística.

Un momento de especial frenesí en el arte de la modernidad se dio en la primera mitad del siglo XX con las llamadas vanguardias. Es verdad que ellas nunca fueron monolíticas, sino extraordinariamente plurales y variopintas. En muchos sentidos dinamitaron la idea decimonónica de modernidad. Pero en otros, fueron totalmente modernas.

La idea de vanguardia implica ya la existencia de un grupo de elite. Ese grupo sería la guía de los «atrasados», de los «desfavorecidos». En las vanguardias las revoluciones delegan sus avances; por ejemplo, las grandes masas del proletariado fueron guiadas por una minoría ilustrada. Ésa es la tragedia de las vanguardias: seguir siendo una elite.

Y aun más: las vanguardias nunca ponen en duda el humanismo de la filosofía clásica, el cual postula al individuo por encima de todo. Ese antropocentrismo se irá desvirtuando conforme la modernidad llegue a su ocaso —como dicen que llegó—.

En una nota posterior asentaré los apuntes sobre arte contemporáneo.






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miércoles, 28 de abril de 2010

Tres apuntillos al desgaire

Aquí hay tres apuntes sueltos de los que he tomado en el excelente curso de Taniel Morales sobre arte contemporáneo.

CRITERIO DE VALOR ARTÍSTICO
Una posible manera de valorar una obra de arte es preguntarse: ¿Cambia la obra mi manera de ver las cosas? ¿Me ayuda a reimaginar, a resignificar la realidad?

TRANSFORMAR EL MUNDO
El arte está hoy asimilado. Y volver artística cualquier cosa, cualquier discurso, lo descafeína; sirve para clasificarlo, ordenarlo y controlarlo.
¿El arte podría transformar el mundo…? Es una tarea que hay que intentar, aunque pueda estar encaminada al fracaso. Pero antes de querer cambiar el mundo, primero hay transformarme a uno mismo.

PARA HALLAR TEMAS
¿Cómo encontrar el tema de mi obra? Fijándome en qué pienso cuando voy en el metro, cuando espero al dentista, cuando estoy bajo la ducha...

(Después subo más apuntes de la clase de Taniel.)





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lunes, 26 de abril de 2010

Postergaciones

"El verdadero escritor no deja nunca de escribir; cuando deja de hacerlo dice que lo pospone. En estas posposiciones puede pasársele la vida."
Augusto Monterroso, La letra e

Lo mismo puede pasar con el pintor o cualquier otro artista.

Pinta siempre, sea lo que sea. Es mejor hacer malas obras artísticas que no hacer nada. (Claro que publicarlas ya es otra cosa.)




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domingo, 11 de abril de 2010

¿El arte puede entretener?

¿Qué responder a alguien que opina que «el arte no es un entretenimiento»? ¿Son ilegítimos los valores que llevan a alguien a afirmar eso?

Dice Ernst Gombrich: «No existe, realmente, el Arte. Tan sólo hay artistas.» Creo que el arte es lo que los artistas hagan de él. Si lo patrocina la iglesia católica, el arte sirve para la propaganda religiosa de ésta. Si lo fomentan los burgueses de Holanda en el siglo XVII, el arte describe su vida cotidiana. Y si hoy lo exhibe el MuAC, el arte defiende valores de entretenimiento mamón y a la moda. Podemos hacer comentarios desde dentro de ese circuito, podemos rebelarnos (y creo que debemos), pero cambiar las cosas será mucho muy difícil.

El arte será un entretenimiento siempre que haya artistas que lo trabajen de esa manera. Pero también, y al mismo tiempo, habrá artistas con la perspectiva validísima de oponerse a una frivolidad de ese tipo. Y ambos tipos de arte pueden coexistir (y de hecho coexisten), y por ende son igualmente reales. El Arte en general es lo que hagan todos los artistas en concreto.

No confundamos QUÉ ES el arte (la descripción de una realidad) con QUÉ QUEREMOS que sea el arte (nuestros deseos o valores).

Por mi parte, yo personalmente también creo que el arte no (siempre) debe ser (sólo) un entretenimiento.





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sábado, 3 de abril de 2010

"No hay solución porque no hay problema"

Cita de Marcel Duchamp.

Ver: Arturo Schwarz. The Complete Works of Marcel Duchamp, edición corregida y aumentada, Delando Greenidge Editions, Nueva York, 2000, pág. 265 (capítulo XIX).



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Toda educación es autodidacta...

...al menos en última instancia. Los maestros, escuelas, libros y hasta compañeros pueden darnos, en el mejor de los casos, sólo un empujón, pero el salto lo da cada quien por su cuenta.

Dicen los budistas: "Yo no puedo comer por ti." Pues eso: cada quien se educa a sí mismo: ésa es nuestra responsabilidad.




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sábado, 13 de marzo de 2010

Alizée o la perfección de la frivolidad


Ante todo, lo que sigue no es de ningún modo una disculpa, porque de culpa no encuentro nada. Es por encima de cualquier otra cosa una explicación que me debo a mí mismo, y quizá a gente que quiero y que a veces no logra entender mis pretendidos desfiguros. Porque nada de malo tiene ser fan de Alizée.


¿Cómo deshilvanar la calidad estética (o la falta de ella) respecto de la frivolidad de la imagen? ¿Cómo se da esa fascinación por los ídolos prefabricados del mundo mediático? ¿Hay algo disfrutable en tal mundo? Hoy pienso que entre tantos estímulos audiovisuales, es imposible no verse enredado en un laberinto: desde la TV hasta la radio, la Internet y la prensa escrita, nos bombardean con mensajes insistentes, obsesivos. No hay que engañarse: la mayor parte de esos mensajes, hasta los que parecen más serios, son basura. Pero... la cosa no es tan fácil como parece.


Si rechazamos todos esos mensajes estaremos dándole la espalda al mundo actual. Y eso no sería nada malo si nos asumiéramos plenamente como eremitas, renunciantes o monjes zen, por ejemplo. Aunque, en verdad, nadie que esté leyendo esto en mi blog se llamará a tales extremos, por lo demás muy respetables.


¿Alguien duda que hasta en la más superficial canción pueda haber al menos una pizca de encanto? Gente hoy celebrada por muchísimos fue tenida en muy poco, afuera de la farándula de su época: desde Gloria Gaynor, José José, Barry White o casi cualquiera de las bandas sonoras de las películas de Tarantino, por poner unos ejemplos. Es cierto: no son genios. Es verdad: no cambiaron la faz de la música del siglo XX. De hecho, ninguno de los anteriores me gusta. Su música es predecible y muchas veces fue confeccionada por gordos y ambiciosos empresarios de la industria del disco. Pero los persignados puristas de la cultura, que sólo aceptarían a Arnold Schoenberg o a John Cage, jamás sabrán qué significa tararear el regocijante coro de una rolita de los Archies, de las Ronettes, de Flans o de los Monkees. Nomás te pone contento y ya. Es de usar y tirar, no aspira a más. Estos artistas no se creen Wagner. Lejos de ellos el afán de trascendencia estética más allá de lo que dura un verano.


Y así llegamos a Alizée Jacotey (nacida en Córcega, isla de Francia, en 1984). Descubierta a sus casi 15 años por la ex cantante pop francesa Mylène Farmer, quien se vuelve su manejadora, sale de un reality show galo para grabar una canción que se vuelve el éxito del verano francés del 2000: “Moi... Lolita”. Canción con letra prefabricada para ajustarse a la adolescencia de una chica –digamos– vistosa a quien entrenan para bailar, entonar un poco su voz y encabezar espectáculos en escena. La fórmula pega en el público. El siguiente paso: grabar un álbum, rodar el video correspondiente (y luego algunos más), lanzar el producto, promover la imagen. Portadas de revistas, una campaña publicitaria en Japón, versiones en inglés... Hasta ahora, nada nuevo: lo hemos visto muchas veces.


¿De dónde, pues, tanta fascinación? En parte ésta viene de la misma belleza de Alizée, asunto que discutiré más abajo. Pero ahora me ocupa esta inmersión en la ola mediática. ¿No son Britney Spears, Ricky Martin, Shakira o Luis Miguel otros ídolos de escasa o nula trascendencia artística? Pues sí, pero repito que no importan su calidad musical o poética para pensar que son dignos de alguna consideración. Su importancia es otra, es antropológica: son ídolos que aglutinan fantasías masivas, que encarnan las aspiraciones del gran público y lo redimen «en cabeza ajena», diríamos. Sólo les pedimos que nos entretengan bien. Claro que, como cualquier marxista se apresuraría a destacar, mucho de esto no es más que una experiencia vicaria, dispuesta a desarticular cualquier intento real y concreto de rebelión o actitud contestataria, y destinado a marearnos con sueños de humo y cuentos de hadas de plástico. Pero apuesto que esos marxistas tararean a escondidas a Lucerito o a RBD. Una cosa no quita la otra: ¿por qué no imaginar que, mientras criticas las pseudonoticias tendenciosas de Televisa, puedas disfrutar una rola de Madonna? Total, en la onda posmoderna los lenguajes se cruzan, los estatus culturales se mezclan y todo es híbrido. Puedes disfrutar a Ingmar Bergman tanto como las películas del Santo (éste a mí nunca me ha atraído, lo cual obviamente no le resta ninguna legitimidad). Hasta intelectuales del prestigio de Juan Villoro, por ejemplo, pueden disfrutar un espectáculo masivo, por demás prisionero de mafias mediáticas, y nada intelectual, como el futbol (el cual tampoco me gusta nada, por cierto). Y eso no los vuelve menos inteligentes ni sensibles. Y más si lo que disfrutas es la imagen de una belleza impar: la de Alizée.

Llego a mi evidencia principal: es un hecho que Alizée está como hecha a mano. Y es una evidencia y no un argumento porque esto no se defiende o rechaza con razones, simplemente se siente, es espontáneo. Y tal cosa bastaría para justificar que una noche salga de mi casa al Auditorio Nacional para ver a la francesa en cuestión. Pero aun así no es lo único que hay que decir. El fenómeno que representa Alizée guarda más dentro de sí:


-Es una belleza muy juvenil, casi adolescente aún hoy a pesar de sus cerca de 26 años. Tiene lozanía y frescura.


-Está alejada de la imagen hipersexual obvia de una Jennifer Lopez o de una Madonna en muchas de sus épocas, por ejemplo. Sus sellos han sido sobre todo la inocencia y la candidez. Y por muy prefabricadas que éstas puedan ser o no, cuajan bien el mensaje, y además logran crear una peculiar tensión sexual que jamás cae en lo explícito.


-Viene de una cultura suficientemente exótica hoy para nosotros, la francesa, sin que nos sea totalmente ajena: a fin de cuentas la nuestra también es lengua romance. Alizée no canta principalmente en el consabido inglés que ya aburre.


-No posee ninguna afectación ni exageración. Podría ser la chica de la casa de al lado, o la que va de compras al súper. Olvidemos en ella los maquillajes pesados, los vestuarios ostentosos, las poses de falsa vamp.


-No es la güera desabrida tipo Britney Spears o Christina Aguilera. El pelo oscuro la acerca al modelo de belleza de los países de cultura latina.


-Sin embargo, la distinción y la elegancia que se asocian con las bellezas europeas del tipo de Juliette Greco o Jane Birkin (cada quien a su modo) es heredada óptimamente por Alizée. No sólo es posible imaginarla en el súper, sino también en Versalles.


Todo lo anterior la convierte en una imagen perfecta de mi personal arquetipo visual de lo femenino. Recordemos que un arquetipo es un modelo abstracto, general, y que como tal es algo a lo que la realidad aspira, pero que en sí no es real. Y así es Alizée: para casi todo el mundo (para casi todos nosotros) es una imagen en Internet, en la tele, en una revista, en un cartel. No importa que tenga poco o mucho talento para cantar. (¡Ah, pero cómo baila!) No importa que las letras de sus canciones sean sosas o vacías. No importa que la música que le componen sea predecible. Nunca vamos a conocerla en persona. No platicaremos con ella, ni sabremos si es lista o tonta. (Al respecto de esto último ya me imagino la opinión de algunas amigas mías...) Es inalcanzable como cualquier imagen que nace y se acaba entre otros millones de imágenes de los mass-media. Por eso es perfecta, porque es una creación de esta «mediósfera» que a veces sabe interpretar los sueños de algunos hombres. Y así como el pintor Alberto Gironella homenajeaba a Madonna, yo, en mi muy humilde nivel, me he permitido hacer aquí el elogio de esta imagen de perfección, irreal e ilusoria como todas las perfecciones: Alizée.
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lunes, 1 de marzo de 2010

¡Orlan en México!

La famosa artista de las cirugías plásticas ha sido vista en el Sindicato de profesores mexicanos, pero parece que hoy se ha deformado el rostro más grotescamente que nunca. Ahora sí se pasó.


¿AHORA?

ANTES

sábado, 27 de febrero de 2010

Varia pintura


miércoles, 24 de febrero de 2010

Más caricaturas

Otras cabecitas caricaturizadas. Algunos de estos dibujos tienen muchos años.







lunes, 15 de febrero de 2010

Pa' la clase de pintura




sábado, 13 de febrero de 2010

LO BUENO Y LO MALO DEL ARTE CONTEMPORÁNEO (SEGÚN YO)

¿Qué tiene tan especial el llamado arte contemporáneo, que nos tiene a muchos tremendamente pasmados? ¿Todo en él es valioso? ¿O inútil? ¿Cómo juzgarlo? Permítaseme hacer una somera revisión (en unas 4,700 palabras) de este tipo de arte para poner en orden mis ideas respecto de este tema.

MIS CRÍTICAS

EL CONCEPTUALISMO PURISTA Y VACÍO (ARTE = ARTE)

Sobre todo a partir de los ready-mades de Marcel Duchamp (el primero de ellos es de 1913), abundan las obras que cuestionan la naturaleza del arte mismo. Son obras tautológicas que parecen declarar: «Soy arte porque soy arte.» El artista y escritor estadounidense Mel Bochner afirmó en 1966: «...el arte —artificial de raíz— es irreal, construido, inventado, predeterminado, intelectual, engañoso, objetivo, maquinado, inútil.» Por su parte dijo el también artista estadounidense Donald Judd: «Si alguien dice que su obra es arte, es arte.»

Una estrategia para desnudar el arte hasta su fundamento más esencial fue reducirlo a un puro vacío. Eso se vio en los lienzos monocromos de Kazimir Malévitch, Ad Reinhardt, Jasper Johns e Yves Klein, así como en las obras del minimalismo. Marcel Duchamp expuso objetos de uso cotidiano sin intervenirlos, Klein mostró una galería sin nada adentro, Gabriel Orozco presentó una caja de zapatos vacía... El arte conceptualista en su vertiente más radicalizada (años sesenta-setenta del siglo XX) extremó esa estrategia. Tales gestos tuvieron una función revulsiva, cuestionadora, pero no necesariamente propositiva. Negaron la tradición, pero no formularon mucho más.

Roland Barthes en «La muerte del autor» afirma que al leer un libro no leemos al escritor, sino que leemos el lenguaje. Así, se ha llegado a aseverar que el lenguaje (y dentro de él, el arte) es el que habla a través de nosotros: esto es un paso hacia la despersonalización de las obras, la cual fue una importante estrategia del conceptualismo. Eso se puede abordar desde la lingüística, e incluso llevar a ciertos exponentes del conceptualismo radical a hacer la afirmación arriesgada de que todas las obras de arte son en esencia lingüísticas. Un caso ejemplar: el grupo Art & Language, fundado en Inglaterra en 1968 por Terry Atkinson, David Bainbridge, Michael Baldwin y Harold Hurrell. Otros casos afines: Joseph Kosuth, Lawrence Weiner, Ian Wilson, Christine Kozlov, Dan Graham y Victor Burgin.

No juzgo como una casualidad el que las obras de esos artistas estén entre las más tediosas de la historia. Personalmente creo que hacer arte a partir de la lingüística es una veta agotada desde mediados de la década de 1970. Sin atreverme a concluir nada, señalo los enormes escollos que afronta una ideología tan purista como la del «arte lingüístico». El arte quizá podrá tener una naturaleza esencialmente lingüística, pero el artista en cuanto tal no puede ser más que un lingüista o un semiólogo de segunda, cuando más. Hoy la pura reflexión metaartística es un juego agotado y, por tanto, árido e infecundo. Estas nociones —la de un arte tautológico y la de un arte lingüístico—, a la par que generan un campo de investigación interesante, pueden sin embargo abonar a que la obra se vuelva demasiado abstrusa, inescrutable y finalmente estéril a estas alturas del siglo XXI. Actualmente el mejor arte postconceptual posee una riqueza afirmativa de la que carecen tales especulaciones: existen muchas expresiones posibles para no reducir una obra de arte a la mera ilustración mecánica de una tesis que pertenece más bien a un (farragoso) estudio académico para especialistas. ¿Nos enriquece humanamente leer 500 libros para entender una idea esotérica y —en ello insisto— aburridísima?

Para comprender las indagaciones metaartísticas de una parte considerable del arte moderno y contemporáneo, y darles un sentido a sus obras, es un requisito de hecho conocer verbalmente las intenciones (a veces profundamente herméticas) del artista. Ese tipo de arte se encierra en sí mismo y su público debe ser de especialistas. Al respecto, el filósofo estadounidense Arthur Danto (según un resumen mío muy simplista) declara que el arte ha muerto al convertirse en filosofía. Personalmente eso sí me subleva. Al contrario, creo que importa tener una comunicación abierta y directa con el público. Creo que no dar concesiones a un público conformista es algo acertado, pero otra cosa muy diferente es faltarle al respeto a todo mundo abrumándolo con largas consideraciones alambicadas y que no le dejan nada a nadie: ni aprendizaje ni utilidad ni —sobre todo— goce.

Pertinentes aquí son las consideraciones del crítico mexicano Jorge Juanes. Éste afirma que Joseph Kosuth, uno de los adalides del arte conceptualista estadounidense, «excluye del arte actual las experiencias con el cuerpo (de Artaud en adelante) y con la tierra (en el sentido de Heidegger)». En cambio, Juanes reivindica eso que él llama «lo poético pensante (que abarca desde la angustia existencial hasta la acogida de la physis).» Y es que esta φύσισ (physis) equivale para Juanes a la «alteridad material», la cual puede «acoger lo fáctico en su impenetrabilidad y accidentalidad». (J. Juanes. Marcel Duchamp, págs. 119-121.) Valga esto como una defensa de lo que ha sido negado sistemáticamente por un arte conceptual purista que se vuelve una derivación diluida de la filosofía analítica. Coincido con Juanes en que el arte más valioso baja al suelo y se mancha los pies y las manos con las cosas concretas.

No le niego validez a una actitud teorizante dentro del arte. Es más: debe ser bienvenida la reflexión de ideas dentro del campo artístico. Sin embargo, opino que ello no debe ser un fin en sí mismo, y que la idea no sustituye la obra determinada y tangible. Creo que es mejor dejarse inquietar por una obra irreducible e impenetrable debido a su concreción, a sus asociaciones poéticas o hasta espirituales, lo cual es posible a partir de las cosas o las situaciones reales: desde el objeto surrealista hasta la performance y las instalaciones. Importa humanamente a la mayoría de los consumidores de arte eso que Nietzsche llamó das Ungeheure: lo monstruoso, lo estremecedor, lo inmenso. Personalmente, lo que más me entusiasma del arte alternativo son las tendencias más humorísticas (aunque no bufonescas), poéticas y lúdicas —algunos las llamarán románticas—: la vertiente que no es ni rigorista ni puritana. Como dijo Sol LeWitt: «El arte conceptual no es necesariamente lógico [...] Las ideas son descubiertas por medio de la intuición.» Declaración análoga a la postura de Carl Andre, quien decía partir de deseos y no de ideas. ¿No hay un «más acá» del lenguaje, algo inexpresable por estar ligado a nuestras pulsiones corporales más básicas: el instinto, los apetitos biológicos? ¿O un «más allá» que rebasa el lenguaje mismo: por ejemplo las visiones místicas, por ejemplo la propia experiencia estética?

Recordemos que la palabra «estética» viene del griego αἴσθησις (aisthesis): percepción. En la estética importa sentir lo bello, lo feo, lo sublime, lo pintoresco, lo trágico, lo ridículo... Por contra, la palabra «anestesia» significa carencia de percepción, y por ende, anulación del gusto (tanto bueno como malo). Es cierto —como las vanguardias del siglo XX lo señalaron— que basar el arte exclusivamente en las categorías del gusto resulta tan banal y arbitrario como hablar de gastronomía, decoración de interiores, cata de vinos, alta costura o «buenas maneras». Pero, por otra parte y al mismo tiempo, es imposible desconectarse de las reacciones estéticas que un objeto, cualquier objeto, pueda suscitar en las personas, así se trate del ready-made más pretendidamente neutral. Es ampliamente cuestionable que en el arte pueda alcanzarse una «indiferencia visual», una «anestesia completa», como quisieron alcanzarla los ready-mades duchampianos, al menos en teoría. Cuestionar el gusto no sólo es posible, sino que ha sido realizado en la historia con gran ímpetu e inteligencia; pero de eso a anular el gusto distamos tanto como de convertirnos en aparatos registradores de datos imparciales, como si fuéramos máquinas, robots inertes, meros «sismógrafos». El ser humano tiene gustos irreprimibles porque es un ser estético. No busquemos coartarlos ni desvalorizarlos: no somos neutrales.

Para indicar casos concretos de un arte que no niega ni la estética ni la intuición, viene al caso el Arte Povera, que participa deliberadamente de la impureza: no es aséptico como el conceptualismo radical, sino que exalta las asociaciones poéticas de los materiales. El Arte Povera es inconcebible sin la existencia concreta, matérica de las cosas: es toda una vertiente artística para la cual la presencia física de la obra es fundamental. Así lo es también, por ejemplo, para el mencionado Carl Andre, que criticaba cómo el conceptualismo se alejaba de la naturaleza.

Entre innumerables artistas, vale la pena mencionar a algunos otros que han enfatizado el contenido puramente perceptual de sus obras. Robert Irwin, pese a realizar obras muy inmateriales, subraya la realidad visible gracias a que diseña marcos de ventanas de tal manera que el mundo externo que se filtra al interior de la galería parece especialmente palpable. Marcel Broodthaers efectúa una farsa deliberada a partir del arte conceptual, no sin un toque poético. Joseph Beuys y Reiner Ruthenbeck tampoco rechazan la materialidad del objeto: crean formas extrañas a partir de diversos materiales.

Por su parte, las artes que utilizan directamente el cuerpo —y son abundantes— nos regresan a la concreción, a lo inmediato. El body art y la performance son referencia obligada. Sería infinito enlistar siquiera a los más importantes artistas de estas corrientes; pero me importa recordar al menos a Ana Mendieta. El uso que ésta hace de los contenidos sexuales, míticos, emocionales y autobiográficos, por medio de una expresión corporal y material intensa, la hacen una artista excepcional.

LA RELACIÓN CON EL PÚBLICO

Cómo relacionarse con el público ha sido una cuestión muy importante para los artistas modernos y contemporáneos. No quieren éstos la complacencia ni la pasividad de nadie. Y desde esas intenciones a veces surgen brechas en la comunicación.

¿Tiene en la actualidad algún sentido confrontar agresivamente al público, escandalizarlo, el épater? Quizá sólo en ciertas circunstancias muy concretas... Pero pienso que el valor de una obra no debe ser necesariamente proporcional al grado de confrontación agresiva que ejerza contra el público. La agresión como estrategia per se tuvo un momento histórico. Hoy sería absurdo pensar que una obra enriquecedora deba siempre medirse con el Accionismo Vienés o con Chris Burden. Cumplida la labor destructiva y demoledora de mucho arte confrontador, creo que es necesario construir algo más propositivo, aunque pueda parecer superficialmente «complaciente».

Y otra cuestión: ¿debe el arte ser hermético? Afirma Octavio Paz: «Para Duchamp el arte es un secreto y debe compartirse y transmitirse como un mensaje entre conspiradores. [...] Duchamp no quiere acabar ni en la Academia ni entre los mendigos pero es evidente que prefiere la suerte del paria a la del “artista asimilado”.» (Apariencia desnuda, págs. 96-97.) Eso tuvo sentido por un tiempo, pero no en una sociedad donde la educación superior del arte se ha hecho popular y hasta masiva. Grandísimos números de gente estudian no sólo a Duchamp sino a muchos otros artistas tanto o más «herméticos». Que la mayoría de esos estudiantes sean superficiales, y no entiendan nada, no significa que los receptores inteligentes de esas ideas no puedan sumar miles. ¿Una conspiración sigue siéndolo si es aceptada por tanta gente en todo el mundo? Vaya esta consideración contra quienes tasan la importancia de una obra en razón inversamente proporcional a la amplitud de su público. Ser más marginal, clandestino y «subterráneo» no significa necesariamente ser mejor artista.

Por otra parte, contra la clandestinidad del arte ha existido en las tendencias contemporáneas su complemento simétrico: la democratización, tanto de su producción como de su distribución y su consumo. El elitismo discrimina, humilla y somete al público por su supuesta carencia de preparación o de «buen gusto». Y combatir ese elitismo es beneficioso, como dijo sintomáticamente la artista Adrian Piper: «Debe de haber alguna manera de hacer un arte emocionante y de alta calidad que no presuponga una educación intensiva en “Arte desde 1917” para poder apreciarlo.» (Cit. por Tony Godfrey: Conceptual Art, pág. 232.) Pero hay una distancia enorme entre una auténtica liberación y caer en la tesis que profirió Joseph Beuys: decir que «todos somos artistas». En verdad no todo mundo es artista, ni todo mundo ha desarrollado su sensibilidad ni desea hacerlo. El arte no es un mero proceso artesanal o una acción física simple; si de eso se tratara, todos podríamos realizar artísticamente las acciones de un Bruce Nauman o un Richard Long, por ejemplo. Pero lo artístico de tales obras no reside en la acción física misma, sino el proceso que hay detrás de ella. Y ese proceso, para bien o para mal, no es democrático: implica un aprendizaje y una práctica sostenida.

LAS INSTITUCIONES DEL ARTE

Entre muchos de los exponentes de las vanguardias y posvanguardias, incluidos insignemente numerosos conceptualistas, hubo una inquietud de ver el «mundo del arte» como una institución tiránica, una expresión de la burguesía más vetusta y del capitalismo mistificador. Tal es un prurito noble y lo comparto. Pero, como incontables artistas de hoy, niego que haya una manera de cambiar esa situación completamente, ni de raíz, ni a corto plazo. Siendo realistas, no podremos cambiar pronto el mundo del arte sustancialmente, y pretender hacerlo así es iluso. Es una utopía cuyos últimos gritos en el desierto oímos en la década de 1970. Las instituciones han demostrado ser capaces de asimilar hasta las propuestas más subversivas y revolucionarias. Antes bien, es necesario aprender a convivir con tales instituciones.

Y son esas instituciones las que otorgan valores de cambio a las obras de arte. ¿Se puede destruir realmente la índole única, exclusiva y coleccionable de las obras de arte, o sea su famosa «aura»? Las obras reproducidas mecánicamente también alcanzan su propia aura en el mundo del arte: fotografías, grabados, serigrafías, etc. De Duchamp existen varios «ready-mades originales», valga el oxímoron. ¿Los museos podrán o querrán atreverse a deshacerse de esos originales, con el —válido— argumento de que lo importante no es el soporte físico sino la idea? Hoy todo puede ser vendido, poseído y coleccionado, incluso el arte que se niega a entrar en ese tráfico. La dignísima demanda anticomercial de muchos no objetualistas ya es puro humo. Hasta las obras más inmateriales pueden ser mercancía. Basta patentar una idea para que pueda comerciarse con ella. No nos engañemos: el fetichismo del objeto se ha enganchado inextricablemente a todos los soportes del arte.

ANTIINDIVIDUALISMO

Otra intención de muchos artistas contemporáneos ha sido eliminar el protagonismo del artista individualista, omnipotente y omnisciente. La imagen del artista como héroe-demiurgo romántico tiene cada vez más detractores. Personalmente me uno al rechazo de esa muy épica pero caricaturesca imagen que se le ha construido al creador, desde Miguel Ángel Buonarroti hasta Jackson Pollock, por ejemplo. Algunos conceptualistas quisieron «diluir» la individualidad del artista. Ejemplos: en una exposición de 1970, Niele Toroni eliminó su propio nombre de la invitación para asegurar el anonimato. Daniel Buren y el grupo Art & Language, entre muchos, buscaron la impersonalidad. Pero hasta el mismo John Cage, un hombre dedicado al silencio, al budismo zen y a la acción del azar en sus obras, es celebrado como un gran individuo, muy a pesar de sus propias ideas. En fin, creo que es imposible lograr esa total, perfecta y absoluta «dilución» o eliminación de la individualidad.

Paralelamente, se dice que el artista romántico tiene una actitud como la tuvieron los expresionistas abstractos (Jackson Pollock, Willem de Kooning, etc.): su imagen era heroica, solitaria, sufriente, solemne, desafiante y ruda. No pocas veces era un tipo alcohólico y mujeriego. Un creador así emprendía enormes óleos sobre lienzo en los que acometía su propio vacío existencial para darle un Sentido profundo, trascendente y verdadero, y por lo tanto era un artista digno de culto. Se dice que esa imagen es machista, autoritaria y opresiva. Creo que, en efecto, es valioso cuestionar tales enfoques «patriarcales» del arte. Pero eso es una cosa; y otra muy distinta, satanizar cualquier tipo de creación solitaria. No todo mundo puede o quiere huir siempre de cierta profundidad ni de la búsqueda de verdades trascendentes.

FRIVOLIDAD

La frivolidad es otra actitud muy extendida en el arte contemporáneo. Ha existido, sobre todo últimamente, una intención de escandalizar por medio de las obras más disparatadas, espectaculares y enloquecidas posibles. Es un afán de ser excepcional que tiene que ver más con la publicidad que con otras preocupaciones: es un triunfo de la sociedad del espectáculo. Lo vemos en las personas públicas de gente superficial, glamorosa y banal como Jeff Koons, Haim Steinbach y Damien Hirst.

Si persona significa etimológicamente máscara, entonces están enmascarados los artistas que han construido personalidades para el gran público, para los medios de difusión masiva: desde Warhol y Koons hasta Beuys. Éste, mesiánico y solemne; aquéllos, cínicos y fríamente irónicos. Pero poco hacen para distanciarse del egocentrismo y la «marca de fábrica» que exige el mercado a los artistas.

También últimamente suele abusarse del supuesto humor que se expresa en la ironía, la sátira y lo Kitsch. Si el humor es de por sí saludable, abusar de él le arrebata su propia naturaleza revulsiva y liberadora. Se ha vuelto una fórmula, de suyo predecible. Y si se vuelve un fin en sí mismo, cae en la afectación y la pose. De esto adolece muchísimo arte contemporáneo.

Pongamos por caso la acción de Tom Marioni titulada El acto de beber cerveza con los amigos es la más alta forma del arte, realizada en 1970, y que consistió justamente en eso: en beber cerveza con los amigos. Como un acto antisolemne, esta obra es efectiva; pero estar repitiendo ese mismo punto por cuarenta años ya no tiene gracia; antes bien, convierte las nuevas obras de esa índole en puros fraudes. Detrás del acto «irrespetuoso», «sacrílego» o «transgresor» ya no hay nada. Cumplido su cometido irreverente, este tipo de obras no tiene otra riqueza que ofrecer. Es como contar un único chiste hasta agotarlo.

POSMODERNISMO POLÍTICAMENTE CORRECTO

Si en las artes contemporáneas hay por un lado cinismo y frivolidad, al mismo tiempo coexiste con tal actitud su opuesto: la corrección política. ¿No es el colmo de la santurronería querer defender los grupos desplazados, las minorías acalladas y las comunidades reprimidas por el occidentalismo patriarcal, falócrata, eurocéntrico, logocéntrico y autoritario? ¿No es paternalista y mesiánico pretender «salvar» las comunidades discriminadas? Personalmente, creo que la crítica a los valores hegemónicos es saludable mientras no caiga en el utopismo trasnochado propio de la década de 1960. ¿Puede ser profunda y perdurable una revolución de ese tipo? Afirmarlo requiere de muchísimos fundamentos, los cuales sospecho que no serán nada fáciles —quizá serán imposibles— de acopiar.

A este respecto, existen innumerables prejuicios cocinados e hipertrofiados al calor del posmodernismo, que son revisados ampliamente en el libro Higher Superstition de Paul Gross y Norman Levitt. Estos autores denominan Izquierda Académica a cierto pensamiento posmodernista surgido de las cenizas de 1968, del cual extraen varios rasgos:

- No tiene base social y es desarrollado solamente en las universidades, como si éstas fuesen invernaderos.
- Sus exponentes abrazan la heterodoxia per se, por lo cual consideran valores en sí mismos la contracultura, la resistencia, la subversión y la transgresión.
- Renuncian a los valores universales y a las jerarquías: para ellos, todas las manifestaciones culturales sin excepción son igualmente valiosas (perspectivismo y multiculturalismo extremos).
- Son irracionalistas; se oponen a la ciencia y a la Ilustración porque —según ellos— el pensamiento científico es opresivo-autoritario, capitalista-burgués, occidental-blanco-eurocéntrico y machista-falócrata.
- Opinan acerca de TODO (a eso lo llaman trabajo interdisciplinario). Creen que los métodos de la crítica literaria y las piruetas retóricas tienen indiscriminadamente en todos los campos del conocimiento el mismo valor epistémico que los de la ciencia.
- Se toman el lenguaje exageradamente en serio, le atribuyen casi todo y confunden la cosa real con su nombre, la realidad con el lenguaje. Dicen que no hay realidad fuera del texto, sino sólo textos mutuamente cancelantes. Y a pesar de tener este fetichismo del lenguaje, escriben de manera farragosa: prefieren los largos galimatías en vez de la claridad.

Muchos artistas contemporáneos adolecen de estas posturas.

Existe también entre ciertas feministas un puritanismo solemne y castrador. Para algunas —afortunadamente no todas—, la sensualidad femenina significa volverse un objeto sexual para el uso y disfrute exclusivo del varón. No ven que la liberación de la imagen femenina puede ser frecuentemente no cosificadora, sino bastante gozosa. Por ejemplo, muchas modelos de desnudo aumentan su autoestima porque sentirse atractivas les da poder. Dice la modelo Kathleen Rooney: «Cuando comencé con el modelaje, pensé que era una actividad empoderadora y liberadora. Y no me equivoqué. Pensé que me enseñaba a gustar de mi cuerpo más que antes, a aquilatar todo lo que él puede hacer y a incitarlo a hacer cosas nuevas. Y eso me enseñó.» Y sobre el tema de la supuesta vulnerabilidad del desnudo, declara: «La gente desvestida puede ser intimidante. Una vez que se ha quitado la ropa y las miradas de otra gente están sobre ella, la persona desvestida no tiene nada que esconder ni nada que perder.» (Live Nude Girl, págs. 162 y 135; traducción mía.) Ello lo confirman las entrevistas que hizo la investigadora Sarah Phillips a treinta modelos femeninos y masculinos en Portland, Oregon (EUA): nadie de ellos se sentía ni cosificado ni degradado al participar en obras artísticas creativas; antes bien, algunos adquirían «un aura de intriga, cierto poder sobre los extraños», e incluso vivían el modelaje como algo «sanador» porque les daba confianza en sí mismos. (Modeling Life, págs. 13, 72 y 84.)

MIS ADHESIONES

Pero no creo que todo sea malo en el arte contemporáneo. Distingo en él numerosos elementos muy atractivos y enriquecedores.

LIBERTAD

Una valiosa herencia de buena parte del arte moderno y contemporáneo es tener una actitud de gran apertura: una manera muy libre de ver las cosas, no una serie dada de fórmulas o lenguajes fijos ni un estilo. Esto —acaso originado en el romanticismo— viene sobre todo del arte conceptual y sus antecesores: el dadaísmo, el surrealismo, etc. Deliberadamente «contaminar» el purismo, no privilegiar una técnica determinada, son actitudes que juzgo saludables.

Otra importante costumbre del mejor arte contemporáneo es ser antiautoritario. Subvertir la lógica, el orden, la objetividad, la identidad, la causalidad y la estabilidad son estrategias de buena parte de este tipo de creaciones. No creo que recurrir a ellas deba ser tomado como una carta blanca para desdeñar el rigor y el orden de la teoría, de la historia y de la reflexión en general. E importante: tampoco para abusar de ellas como hacen muchos posmodernistas, sobre todo curadores y estudiosos. Pero dentro de esos límites, considero muy estimulante salir de las estructuras preestablecidas, no conformarse, ser crítico y cuestionador.

Mucho arte contemporáneo es liberador, pues reconoce el que quizá sea el aspecto más propio del arte: la espontaneidad, lo no racional ni lógico. Esa actitud no tiene por qué implicar ignorancia ni vil anarquía; reconocer lo que está más allá (o más acá) de la razón no significa necesariamente burdo irracionalismo. Si tal postura es asumida desde un compromiso con la obra de arte, puede ayudarnos a borrar las fronteras demasiado restrictivas que trazan numerosas ideologías (vanguardistas, ultraconceptualistas, etc.).

El ideal de las Bellas Artes decimonónicas es la perfección, lo cerrado, lo exitoso, el producto magistral. En cambio, muchos artistas contemporáneos subrayan el proceso artístico, no sólo su producto. Por ejemplo, Bruce Nauman trata en algunas de sus obras sobre el fracaso. Abrirse a los procesos antes que a los resultados nos hace conscientes de qué tan dinámica y transitoria es la creación.

REFLEXIÓN

Por otro lado, mucho arte contemporáneo nos compele a estudiar las muchas teorías que revolotean alrededor de él. Es una contribución importante del arte el obligarnos a investigar y profundizar en su naturaleza. Lo cual no debe ser una cortapisa para la espontaneidad. Sin conocimientos ni reflexión nos quedamos sólo en la opinión superficial. Se pueden utilizar los conocimientos como un mapa del territorio del arte, como un trampolín para dar un salto hacia una mayor libertad.

DEMOCRATIZACIÓN

Poder comunicarse con un público muy amplio es una noble ambición de varios artistas contemporáneos. Buscan que sus obras estén al alcance de todos.

Ellos mismos subrayan que el artista es una persona como todas, no alguien superdotado ni iluminado. Yo coincido con esa opinión, siempre que no se caiga en el extremo demagógico de decir que «todos somos artistas», como dijo Joseph Beuys.

Pienso que es un gesto democrático y juguetón —ergo, valioso— el inspirarse en los anuncios de TV, los cómics, las portadas de discos y los videos musicales. Ello nos hace a todos participantes de una cultura masiva que ya a muy pocos es ajena.

Además, mucho arte contemporáneo privilegia el humor, la ironía, la sátira y lo Kitsch. Personalmente creo que eso es muy gozoso por antisolemne, siempre que no se vuelva una fórmula más.

MIS (PROVISIONALES) CONCLUSIONES

Tras todo lo anterior, puedo acopiar las siguientes evidencias de lo desestimable y lo valioso del arte contemporáneo:

• El conceptualismo más metaartístico y radical es puritano, rigorista, tautológico, abstruso, farragoso, hermético, elitista, vacío, estéril y, sobre todo, aburrido. Es un juego agotado. Un artista no es un lingüista ni un filósofo analítico. Pedir la atención del público es una falta de respeto si no se le deja nada útil o interesante o gozoso.

• Una idea pura no sustituye la obra concreta y tangible. El ser humano es un ser estético; y el arte, contemporáneo o no, ofrece experiencias creativas y espontáneas (no necesariamente anárquicas) con el cuerpo y la materia. Facilita incluso una relación con lo poético y lo espiritual.

• El arte contemporáneo nos obliga a estudiar mucho. Bienvenida sea la reflexión teorizante, siempre que no sea un fin en sí mismo. El conocimiento deberá servir sólo para ser más libres.

• Considero valiosa la apertura y la libertad de mucho arte contemporáneo: «profanar» los purismos, mezclar las técnicas, ser espontáneo, criticar y cuestionar todas las autoridades.

• Pero la marginalidad, la resistencia, la subversión y la transgresión no son valores en sí mismos. Tras la demolición necesita también haber una propuesta constructiva. Confrontar al público, no darle concesiones ni ser complaciente con él, es más fructífero si se hace con un sentido propositivo, no sólo por el puro ánimo de escandalizar.

• El anticomercialismo es utópico, pues hoy todo puede ser vendido y poseído, y las instituciones han podido asimilar hasta las obras más rebeldes. Es necesario adaptarse y negociar con esas instituciones.

• Es condescendiente y arrogante querer ser un «redentor» de las comunidades discriminadas, como lo quiere la corrección política de ciertos posmodernistas.

• El puritanismo castrador (¡a veces también entre feministas!) condena la sensualidad femenina, a pesar de que puede ser gozosa, empoderadora y liberadora.

• En el arte contemporáneo, el proceso artístico (no sólo su producto final, definitivo e impecable) nos muestra que la creación es dinámica y siempre inconclusa.

• Muchas veces se abusa del humor hasta volverlo una receta, pero recordemos que el humor es de por sí saludable. Sin necesariamente ser bufones, juguemos con el arte.

• Algunos reprueban sine qua non la creación de un artista solitario y su búsqueda de verdades trascendentes. Creo que esa condena frívola se agota pronto: es infecunda.

• Poder comunicarse con una audiencia muy amplia es, creo, una muy digna y meritoria meta de algunos artistas contemporáneos. No temamos parecer «complacientes» si logramos comunicarnos con el público.

• El artista es una persona como todas, no alguien iluminado, «heroico» ni «genial». Pero tampoco caigamos en el extremo de decir que «todos somos artistas», pues no todos deciden desarrollar un aprendizaje y una práctica sostenida de la reflexión y la sensibilidad. Demos al artista su dignidad sin tampoco querer borrar su huella personal.

Mis críticas no hay que aplicarlas todas en bloque al arte contemporáneo en general. Lejos de mí, querer condenar ese arte alternativo per se. Deploro muchas de sus actitudes, pero opino que además vale la pena retomar y desarrollar otras. Como dice Tony Godfrey: «El legado del arte conceptual no es un estilo histórico, sino un arraigado hábito de interrogación.» (Conceptual Art, pág. 424; traducción mía.)

Celebro que el arte contemporáneo haya abierto completamente las puertas de una libertad que, ahora, nos corresponde no desaprovechar. No hagamos de ella un uso ni frívolo ni tedioso.


FUENTES
- Tony Godfrey. Conceptual Art, 3ª reimp., Phaidon, Londres, 2001 (serie Art & Ideas).

- Paul R. Gross y Norman Levitt. Higher Superstition: The Academic Left and Its Quarrels with Science, 2a ed., The Johns Hopkins University Press, Baltimore (Maryland, EUA), 1998.

- Jorge Juanes. Marcel Duchamp: Itinerario de un desconocido, Itaca, México, 2008.

- Octavio Paz. Apariencia desnuda: La obra de Marcel Duchamp, 3ª reimp. de la 2ª ed., Era, México, 1990.

- Sarah R. Phillips. Modeling Life: Art Models Speak about Nudity, Sexuality, and the Creative Process, State University of New York Press, Albany (EUA), 2006.

- Kathleen Rooney, Live Nude Girl: My Life as an Object, The University of Arkansas Press, Fayetteville (EUA), 2008.


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martes, 9 de febrero de 2010

Unas caricaturas

Para cambiarle un poco al estilo, van acá unos monigotitos que ojalá les gusten.













3 a 12

lunes, 1 de febrero de 2010

En blanco y negro